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Hernani y los hernaniarras
Antxon Agirre Sorondo, 1997

 

ANTES DE LA INDUSTRIA

 

      El carácter laborioso de los hernaniarras y la secular fama de calidad de sus producciones son fundamento para el amplio desarrollo que ha disfrutando la villa y cuyo origen, como enseguida veremos, se remonta mucho antes de la última explosión industrializadora. Ello unido a un notable espíritu de sacrificio, al liberalismo cotidiano que regula las relaciones entre los vecinos y a un enriquecedor mestizaje cultural, son rasgos que pueden servir para una definición de la Hernani moderna.

      El gran progreso industrial que desde la pasada centuria trajo prestigio y bienestar a Hernani fue consecuencia de una tradición manufacturera que entre nosotros se remonta a la Edad Media. Las ferrerías, donde el mineral se convertía en hierro, representan el exponente máximo del trabajo especializado en la era preindustrial, sin desdeñar el rosario de ingenios molineros a orillas del Urumea, entre los mejores de la provincia, o la fábrica de anclas que tanto renombre dio a Hernani durante el siglo XVIII.

 

 

FERRERÍAS Y MOLINOS

 

      La aparición de ferrerías y molinos hidráulicos en Europa data del siglo IX, pero en Euskal Herria es a partir del segundo milenio cuando comienzan a proliferar a orillas de nuestros ríos, que si además eran caudalosos permitían la construcción de grandes complejos de producción que incluían ferrería y molino.

      El gran potencial energético que ofrecían el río Urumea y sus afluentes posibilitó la instalación en sus cauces de ferrerías mayores y menores que, como a continuación veremos, fueron la primera expresión de la industria del hierro en nuestro territorio. La economía de toda Gipuzkoa, y en especial del valle del Urumea se beneficiaría de la actividad de las ferrerías, al punto que para los profesores Luis Miguel Diez de Salazar y María Rosa Ayerbe en los siglos XIV y XV entre el 40 y el 50 % de la mano de obra de nuestra provincia se empleaba de forma más o menos directa en el sector del hierro[144].

      Desde la primera mitad del siglo XV se introduce un impuesto real por cada quintal (unos 70 kilos) de hierro producido en las ferrerías: era el llamado “diezmo viejo” o “alcabala sobre el hierro”, al que se opuso tenazmente la Provincia sin éxito. El rey concedía lo recaudado a ciertos guipuzcoanos en agradecimiento o ayuda por servicios prestados[145].

      No es lugar para detenemos en este apasionante asunto, sobre el que esperamos volver con más detenimiento, pero por su importancia en la configuración de la Hernani laboriosa e industrial no nos resistimos a aportar algunas pincelas de interés divulgativo. Después de un concienzudo trabajo de campo, en el que hemos entrevistado a muchos vecinos y estudiado una amplia bibliografía, podemos avanzar una relación de ferrerías en términos de Hernani. Con todas las precauciones y salvedades que en el futuro se nos hagan, aventuramos este listado (las ferrerías se ordenan siguiendo el curso del río desde la frontera con Navarra y hasta el mismo puerto):

 

— Ferrería de Aparrain (a la derecha del río Urumea)

— Ferrería de Pagoaga (izquierda)

— Ferrería de Pikoaga (derecha)

— Ferrería de Urruzuno u Olazar (izquierda)

— Ferrería de Olaberriaga u Olaberri (izquierda)

— Ferrería de Huerratua (actual Ubarrato, derecha)

— Ferrería de Abillas (derecha)

— Ferrería de Lasa (derecha)

— Ferrería de Ereñozu (derecha)

— Ferrería de Fagollaga (derecha)

— Ferrería de Epela (derecha)

— Ferrería de Ceago (derecha)

— Ferrería de Osiñaga (izquierda)

 

      Obviamos las que estaban en Urnieta, pese a que en su día pertenecieran a Hernani, ni la ferrería de Lasarte documentada desde el año 1450[146].

      En las Juntas celebradas en Mondragón el 24 de noviembre de 1559, los junleros guipuzcoanos deciden que todos los hierros fabricados en nuestro territorio llevarían obligatoriamente un distintivo para conocimiento de los mercaderes, una especie de lábel de calidad. De este acuerdo se informó cumplidamente a los mercaderes de Castilla, Andalucía, Portugal, Galicia, Lisboa, Oporto, Pontevedra, Muros, la ciudad de Labrisuata (sic), La Coruña, La Rochelle, Londres, Bristol, y en general a todos los puertos desde donde regularmente se comerciaba con nuestros metales[147]:

 

      “Yten, que en el valle del Urumea jurisdicción de las villas de San Sebastián y Hernani con las herrerías de Lasarte, Açelayn, Agarauz, Urriolondo, herrerías de Liçaur, Amasada, Ynturia, que todas estas son proveídas de vena de Músquiz y labran una suerte de fierro y se lleva a San Sebastián, tengan todas las dichas herrerías y las de dicho valle del Urumea un marcador de la letra ‘S’”[148].

 

      Gracias a la relación de Zuaznabar sabemos que todavía en 1831 se producía habitualmente (salvo por estiaje en los meses de verano) en las tres ferrerías del barrio de Fagollaga: Picoaga, Ereñozu y Fagollaga, así como en su antigua fábrica de anclas con “crecido número de operarios”.

      En las páginas que siguen aportamos los principales datos sobre las ferrerías y molinos que, a nuestro conocimiento, han existido en Hernani. Es casi seguro que habrá habido otros sobre los que no han quedado testimonios escritos, y que por tanto nuestra relación es incompleta, pero por el momento nos conformamos con intentar completar el trabajo ya clásico de José Ignacio Tellechea Idígoras, Ferrerías guipuzcoanas a fines del siglo XV, y de resumir el capítulo correspondiente a Hernani de mi Tratado de molinología (Los molinos de Guipúzcoa)[149]. Al igual que en la relación anterior, ordenamos este censo siguiendo el curso del río.

 

      Ferrería de Apar rain

      En el archivo municipal se conserva un documento fechado en 1536 por el que Luis Cruzar pide licencia a los concejos de San Sebastián y Hernani para construir una o dos ferrerías en el paraje conocido como “Aparrain-ondoa”, que serían accionadas por las aguas del Urumea[150].

 

      Ferrería y molino de Pagoaga

      Se encontraba en el barrio homónimo, en el camino de Hernani a Goizueta frente al puente.

      Esta ferrería, con la de Abillas y la de Lasa, pertenecían a Martín Pérez de Al?ega, quien desde 1475 y por espacio de quince años quedó exento de pagar el “diezmo viejo” como ayuda por haberlas reedificado[151]. Tras abandonarse el trabajo ferrero se mantuvo como molino para satisfacer las necesidades del barrio de Pagoaga. Poseía un único par de piedras accionadas por las aguas del Sagarreta-erreka, que discurrían a su derecha.

 

      Molino Beko-errota

      Ubicado entre los molinos de Pagoaga y Picoaga, junto al puente sobre las aguas de la regata de Sagarreta que discurrían a su izquierda. En 1890 vivía aquí Martín Vicente Aramburu y Artola, labrador de 51 años. A efectos fiscales, permaneció de alta como molino “público” entre 1950 y 1963 a nombre de Concepción Recalde, viuda de Aramburu. En esa última fecha una riada firmó su sentencia definitiva.

 

      Ferrería y molino de Pikoaga

      En el barrio homónimo, junto al actual frontón y el puente a orillas del Urumea. En relación a la ferrería de Pikoaga hay constancia documental desde 1610. Su capacidad de producción de hierro para anclas era considerable, a tenor de lo que afirmaba D. Francisco de Oquendo en 1752:

 

      “Picoaga de la casa de Verois. Estas (con la de Fagollaga) trabajan ancoras que de labrar fierro y de tener montes para carbón, labrarían 8.000 Qls. (quintales al año)”[152].

 

      A comienzos de nuestro siglo el molino era propiedad de Luis Miner, quien molía 800 fanegas al año aunque podía hacerlo hasta 1.100.

 

      Ferrerías de Urruzuno

      Eran dos las ferrerías con este nombre: la de “Urrucuno de Yuso” (de arriba) y la ferrería de “Urruguno de Suso” (de abajo).

      Martín Pérez de Aliaga era su propietario en 1450, y el beneficio de sus alcabalas o “diezmo viejo” se destinaban de forma vitalicia a Juan Sánchez de Alduayn, Juan Martínez de Ayerde, bachilleres, y a Pedro de Pertantygui, vecinos los tres de San Sebastián[153].

      Por introducir en su ferrería sidra producida fuera de Hernani (violando así la norma, común a todos los pueblos, que prohibía importar sidra mientras no se consumiera la de la localidad), el feirón de Urruzuno Sebastián de Yerobi, vecino de Urnieta, sufrió una condena en 1648[154].

 

      Ferrería de Olaberriaga

      La única referencia sobre Olaberriaga está también relacionada con la adquisición de sidra foránea: en 1583 el ferrón llevó sidra de Urnieta a su ferrería, lo que le valió una multa de un ducado, y hasta tanto lo abonara se le embargó una cubierta de cama[155].

 

      Ferrerías y molino de Huerratua

      Por lo común los dueños de las ferrerías contrataban a ferrones para que dirigieran la explotación de la fragua. En 1567 Juan López de Aguirre, dueño de las dos ferrerías de “Hurruacho”, y Miguel Veltrán, vecino de Araño, establecen un contrato de acuerdo con los siguientes puntos:

      1º. El ferrón acarreará toda la vena necesaria para las ferrerías desde el puerto de Ereñozu, y llevará el hierro ya trabajado desde la ferrería al puerto. Recibirá un real y un cuartillo (cuarenta y dos maravedís y medio), por quintal de hierro labrado y pesado en el mismo puerto.

      2º. Juan López de Aguirre cede a Miguel la habitación y la cocina principal de la casa de Hurruacho para que en ella viva con su familia durante los cinco años de contrato. Le cede también un huerto que tiene la casa y cuando lleve su grano a moler al molino que tiene la ferrería pagará la mitad que los demás.

      3º. Correrá por cuenta de Juan López depositar la vena en el puerto, de manera que nunca falte.

      4º. Además del acarreo, Miguel llevará con sus bueyes los útiles, materiales y piezas necesarias para el buen funcionamiento de la fragua (mazo, “burucoas”, “mesucarilagunac”), pagando a cambio el propietario dos reales y medio por día de trabajo de una yunta de bueyes, y tres reales por cada macho o rocín.

      5º. Para cocer la vena Miguel dispone libremente de la leña de los montes destinados a ambas ferrerías.

      6º. A los maceros que con él trabajen deberá Miguel proveerles de pan cocido y de sidra de las bodegas del hernaniarra Juan López y no de otro lugar, cobrándole las tarifas oficiales.

      7º. Los sábados por la noche, domingos y festivos, el ferrón invitará a comer y cenar a los mozos de las ferrerías (el propietario le pagará por cada comida 12 maravedís y 6 por cada almuerzo).

      8º. Se compromete asimismo a dar de comer “honestamente” a los carpinteros y otros oficiales que Juan López llevare a las ferrerías para hacer reparaciones o arreglos, pagando por cada uno de ellos un real y cuartillo al día.

      9º. Por último, en Pascua de Navidad entregará un par de buenos capones, y por Pascua de Resurrección dos cabritos de un año si es que los criare en su casa. Al terminar el plazo de arrendamiento, entregará un par de novillos como acto de “cortesía”[156].

 

      Ferrería de Abillas

      Como quedó dicho al tratar sobre la ferrería de Pagoaga, junto con las de Abilla y Lasa eran en 1497 propiedad de Martín Pérez de Allega, quien durante tres lustros quedó exento del pago del diezmo viejo en compensación por los grandes trabajos acometidos[157].

      En la documentación de un pleito de 1577 se cita la “arragua de la ferrería de Abillas” en el término de Aguinaga, sobre el que se discute si pertenece o no a los “Montes Francos”[158].

 

      Ferrería de Lasa

      El único dato que disponemos es el relativo a 1475.

 

      Ferrería y molino de Ereñozu

      El rey Enrique IV en 1465 concede al bachiller Juan Martínez de Ayerbe y a Pedro de Pertantygui “el diezmo viejo e alcavala” de “Herreno(;a”.

      Afirmaba Martínez de Isasti que la casa solar de Ereñozu tenía dos ferrerías, mientras que Francisco de Oquendo informa en 1752 que era fábrica de ancoras perteneciente a los dos hijos menores del Duque de Estrada. Su capacidad, siempre que hubiera suficiente carbón, era de 8.000 quintales.

      Ya abandonado el trabajo del hierro, en 1895 su propietario Alberto de Larralde, “de nacionalidad francesa y residente en Biarriz”, solicitaba permiso para hacer una toma de agua de 4.000 litros. Además del molino, el ingenio hidráulico accionaba a la sazón una sierra mecánica de cortar madera y un generador que producía energía eléctrica para las industrias vecinas.

      José María Soroa lo regenta en 1928, y un año después recibe el alta como “molino harinero público” a nombre de Joaquín Orayen. Todavía en 1963 su titular, Ricardo Orayen Saint-Pierre, sigue moliendo grano por medio de sus dos pares de piedras accionadas por las aguas del Urumea. Poco después dejó ya de moler definitivamente, aunque se mantuvo unos años más como planta generadora de electricidad.

      Se encontraba en el barrio de Ereñozu, junto a la actual plazoleta. Hoy sólo quedan unas ruinas.

 

      Ferrería de Fagollaga

      La alcabala o diezmo viejo de esta ferrería se concede el 10 de enero de 1478 a Juan de Ysasaga, hijo de Ochoa de Usasaga[159].

      Las inundaciones de 1636 producen grandes daños en la ferrería.

      Una peculiaridad de esta fragua es que su arrendador se comprometía a proveer de nieve a la villa de la nevera que había sobre ella (agujero en la tierra donde se almacenaba la nieve). Así, por ejemplo, en 1703 los vecinos Juan Bautista Alorburu, Domingo y Martín de Amosorrain y Juan Bautista de Zuaznabar la arriendan por ocho años, pero en 1706 subcontratan con Juan de Galardi para que se ocupe de la provisión de nieve por dos escudos de plata y cesión de la mitad de las tierras y frutales que poseía la ferrería[160].

      La villa, como dueña de la ferrería, contrata en 1743 a los canteros Juan Bautista de Iriarte y Juan Ignacio de Izaguirre para la reconstrucción del depósito o “antepara” siguiendo la traza de Joseph de Lizardi.[161]

      A partir de 1750, este ferrería se convertirá en la famosa fábrica de anclas, sobre la que nos ocupamos en un apartado posterior.

 

      Ferrerías y molino de Epela

      En los documentos archivísticos se habla de dos ferrerías con el mismo nombre: la de “Pela de Suso” (de abajo) y la de “Pela de Yuso” (de arriba).

      La primera referencia nos traslada al lejano año de 1401: Hernani establece un contrato con García Ramírez de Enciola para el disfrute de la ferrería situada en “Araynibar” y de sus terrenos circundantes, donde podrían plantarse manzanales, viñas y demás; el alquiler ascendía a “4 francos de oro”, incluyendo el derecho a cortar madera para la reparación de la casa y ferrería, pero no para cocer mena, para leña del hogar ni para carbón. Se preveía que si la ferrería cesaba quedaría para el citado García el edificio y los aparejos de trabajar, pero las tierras volverían al concejo[162].

      A J. Ignacio Tellechea Idigoras debemos un interesante dato alusivo a una concesión real en 1468 en favor del hernaniarra Martín de Alquica de los derechos y beneficios de las ferrerías de Urriolondo en Andoain y Erro taran y “Pela de Suso” en Hernani. También la torre de Epela (Epeletorre) aparece en 1610, cuando la ferrería estaba en manos de Juan Martínez de Ayerdy[163].

      Recordará el lector que en 1599 el sueldo del maestro de la villa —a quien se le adeudaban varios pagos— decidió abonarse con la renta de la ferrería de Epela, a la sazón arrendada por Joanes de Ysasa.

      Cuando el Marques de Rocaverde se hizo con su propiedad acometió la rehabilitación del viejo molino harinero. Eso sucedió en 1900. Aunque podía molturar hasta 1.400 fanegas al año, usualmente lo hacía con 1.000, cobrando un 10 % de “laka” o maquila.

      Todavía en 1956 el vecino de Hernani José Juan Echeverría Liceaga se propuso acondicionar el molino, pero al año siguiente cerró, siendo su último molinero Ramón Ugalde.

 

      Ferrería y molino de Ceago o Eziago

      En el barrio de Eziago, bajo la ermita de Zikuñaga había un ingenio hidráulico movido por las aguas del Urumea que pasaban a su izquierda. Tras abandonar la explotación ferrona continuó como molino hasta que en sus solares se construyó la papelera Biyak-bat, hoy en ruinas.

      A la luz de la documentación que disponemos, creemos que este molino se construyó en 1416. Al cabo de dos años, el concejo y Juan Martínez de Ayerdi constan como propietarios de este molino y del Errotaberria. Los vecinos de Hernani estaban obligados a acudir aquí a moler, y sólo podían ir a otros si después de un día y una noche sus granos no hubieran sido molidos[164].

      En 1556 son sus dueños el municipio, María Juan de Arbiza y Juan Martínez de Ayerdi. En esa fecha se acometen profundas reformas dirigidas a aumentar la producción.

      Baltasar de Nobleza, su molinero, y Domingo de Alcega, del Errotaberria, piden en 1568 que se retome la vieja obligación de que los vecinos de Hernani fueran a sus molinos. Una terrible riada en enero de 1587 causó grandes daños y obligó a importantes inversiones para poner ambos molinos otra vez en funcionamiento.

      En 1901 trabajaba a las órdenes de G. Lino Miner, con una capacidad de hasta 20.000 fanegas de grano al año, aunque su producción media era de 15.000. Buena idea de su tamaño nos haremos recordando las 800 fanegas que se molturaban en el molino de Picoaga, las 1.000 de Epele o las 1.200 del Osiñaga-errota.

 

      Ferrería y molino de Osiñaga

      A su derecha discurría la regata de Txonkonea o Errotaran, en el mismo centro del barrio Osiñaga.

      Un contrato del 28 de febrero de 1388 entre el alcalde de la villa, propietaria de la ferrería, y Sancho Martínez de la Cámara y sus herederos del solar de Errotaran situado en los términos de Irazurdi, autorizaba a éstos como arrendadores a labrar hierro y cortar la madera necesaria en los montes de la jurisdicción tanto para las reparaciones de la ferrería como para cocer la mena, con la condición de que no fuese madera de roble ni se empleara para hacer carbón. A cambio el ferrón se comprometía a no parar la actividad más de cuatro años, ya que en caso contrario pasaría a propiedad de la villa. El ferrón pagaría además anualmente 4 quintales de hierro y 4 francos de oro del cuño del rey de Francia[165].

      Ya hemos visto que el rey Enrique IV concedió en 1468 a Martín de Alquiça los derechos y beneficios de esta ferrería junto con otras de Hernani y Andoain.

      Como molino, el “Osinaga” (con este nombre figura hasta entrado el siglo XVII) nos ha dejado testimonios escritos desde 1556. Pertenecía en aquellas fechas al Monasterio de San Agustín, que lo arrendaba por 14 celemines de trigo en grano entregados ya molidos en el mismo monasterio.

      Servía de residencia en 1890 para las familias del labrador Ramón Larburu y Yurramendi, de 71 años, y de su hermano Julián, molinero de 44 años. Once años después Ramón Labayen declara moler anualmente 1.200 fanegas, aunque tenía capacidad para 400 más. En 1904 es propiedad de Julián Larburu. Fue dado de alta en Hacienda como molino harinero público en 1927 a nombre de Luis Berrendo.

      Deja de trabajar en 1974, cuando las aguas de la regata se desvían para el abastecimiento de Hernani. Fue su último molinero Valentín Berrendo.

 

      Molino de Karabel

      Escasa información ha quedado de este molino de propiedad privada situado en el barrio de Karabel, a la izquierda del Urumea y junto a una antigua chatarrería, accionado con las aguas de la regatilla de Portu que pasaba por su derecha.

      Tras el fallecimiento de su último molinero, Eustaquio Tellechea, hacia 1945, sirvió por algún tiempo para la trituración de manzanas, según recogemos de boca de los vecinos de la zona.

 

      Molino de Franko

      En el centro del barrio del Puerto, en los solares que hoy ocupa un grupo de viviendas, estaba el molino de Franko, cuya biografía (al menos a efectos documentales) comienza en 1546. Era de propiedad municipal y se sacaba en arriendo periódicamente. A partir de cierto momento comparten su titularidad el Ayuntamiento y la congregación de las madres Agustinas de San Bartolomé de San Sebastián.

      Los constantes desbordamientos del Urumea causan daños que obligan a realizar distintas inversiones en 1599, 1636, etc.

      Durante la desamortización de Mendizábal es expropiado y se pone en venta pública. Juan Antonio de Miranda consta como propietario en 1901. Tenía una capacidad de molturación de 1.800 fanegas al año, aunque normalmente molía solamente 1.300. Su vida terminaría muy pocos años después, sin dejar huella alguna en el paisaje.

 

      Errotaberria y Beko-errota

      Dos molinos más ha tenido Hernani en su territorio: el Errotaberria, acertadamente restaurado por la familia Garmendia-Olarra en 1995, hoy en suelo de Urnieta pero que perteneció a nuestro municipio hasta el siglo XVII. Y el Beko-errota, actualmente en Lasarte-Oria.

 

 

LA FÁBRICA DE ANCLAS

 

      A mediados del siglo XVIII, la construcción naval ha dado un salto considerable y ya es capaz de poner a flote barcos de una capacidad hasta poco antes inimaginable. Ello obliga a adaptar los elementos auxiliares a las nuevas necesidades, y entre ellos las anclas de fijación de los navios. Son muchas las ferrerías que compiten por hacerse con la concesión del suministro de ancoras para la armada, pero es Hernani la que se lleva el gato al agua: en 1750 el Ayuntamiento de Hernani, Josefa Gregoria de Beroiz y José Ignacio Duque de Estrada, dueños respectivamente de las ferrerías de Fagollaga, Picoaga y Ereñozu se asocian y firman un contrato con la Corte que les compromete a servir durante cuatro años 20.000 toneladas de anclas anuales, y en contraprestación recibirían créditos y privilegios para el aprovechamiento de las materias primas de los montes. Esta decisión se complementa con el nombramiento por parte del Rey de D. Francisco Antonio de Oquendo y del maestro Juan Fermín de Guilisasti como inspectores de la fábrica.

      En noviembre de ese mismo año se inician las obras de construcción de la nueva fábrica, y al cabo de un año ya se están cumpliendo todos los pedidos de anclas y anclotes, que para su exportación se trasladan por el Urumea hasta el muelle de San Sebastián. La calidad de los productos y la perfección de las instalaciones fue motivo de admiración entre los especialistas europeos.

      Sin embargo, a los dos años comienzan los problemas. Ferrol devuelve una partida de anclas y la acumulación de adeudos impide satisfacer los salarios por Navidad, lo cual provoca tensión entre los ferrones. Antonio González Marroquín, capitán de navío, entra como inspector y Oquendo pasa a ocupar el cargo de asentista (administrador general).

      En 1753 se entregan 24 anclas gigantes de 72 quintales cada una, confeccionadas con vena de Somorrostro. Pero la situación económica no acaba de restablecerse, y Oquendo debe vender sus bienes para poder hacer frente a los pagos. Ante el silencio de Madrid, que adeudaba gran parte del material entregado, en febrero de 1754 la fábrica cesa su actividad. Oquendo recurre al ministro Ensenada y consigue desbloquear los pagos. En noviembre pasa sin problemas la inspección de 24 anclas grandes y 100 anclotes, pero las deudas aumentan y el descrédito industrial del complejo resulta irremediable[166]. Al año siguiente fallece Oquendo, y el revés es casi definitivo.

      A partir de 1832 la ferrería de Fagollaga vuelve a funcionar con Vicente de Ayesta como arrendatario. Así continuará hasta 1835 que lo toma Ramón de Arizti.

      La nueva ley de desamortización de bienes obliga a que el Ayuntamiento la saque en venta, lo que se anuncia en el Boletín Oficial de la Provincia el 23 de octubre de 1863. En su remate del 18 de noviembre la adquiere Bonifacio Guibert de Belauntza por 72.000 reales. De este modo, uno de los “buques insignia” del desarrollo económico de nuestra villa vivía su último capítulo[167].

      La decadencia y cierre de las ferrerías se produjo de forma paulatina en el País Vasco. Según algunos autores en esta crisis intervinieron varios factores, desde el encarecimiento de la materia prima, el carbón, ya que a principios del siglo XIX muchos de nuestros bosques comunales (de los que salía principalmente la madera para confeccionar el carbón en hoyas) habían sido vendidos para cubrir los gastos de guerra, hasta el elevado coste de la mano de obra tan necesaria para el trabajo en la fragua y su mantenimiento. Además, las ferrerías sólo podían trabajar por temporadas, ya que no había agua todo el año, y ello reducía considerablemente su rentabilidad. La supresión de las aduanas interiores a partir de 1841 trajo consigo la entrada de material importado a precios muy competitivos, y muy pronto se implantará una nueva tecnología siderúrgica que revolucionará nuestra economía: el alto horno. Los de Santa Ana de Bolueta (Bizkaia) en 1848 y de Beasain desde 1861, marcan el comienzo de la gran industria del hierro vasco[168].

 

 

MINAS Y CANTERAS

 

      La segunda revolución industrial produce una fiebre minera que en Hernani se traduce en la apertura de un buen número de explotaciones, que ocuparían a gran número de trabajadores de forma directa o indirecta.

      El primer episodio sucedió en 1833. Buscando “minas de carbón de piedra”, un equipo de ingenieros franceses se detuvo a inspeccionar los alrededores de la ferrería de Fagollaga. A partir de entonces empezaron a explotarse las minas de San Emilio en Anciolas (1850), otra junto al caserío Arrieta

(1857)      , la mina Rosario de buena antracita en el castañal de Marluz-txiki (1859), y La Ventura en terrenos del caserío Jáuregui (1863).

      La mina de carbón de piedra La Luz funcionó a partir de 1845 y durante cerca de 70 años, surtiendo de materia prima a la fábrica de cemento natural La Fe desde su fundación en 1859 (ubicada hasta principios de siglo en el barrio de Miraconcha de San Sebastián), y posteriormente a La Esperanza del barrio de Añorga. Fagollaga era una de las once fábricas de cemento hidráulico que había en 1907 en nuestra provincia, con una producción de 2.500 toneladas al año que le otorgaba la novena posición.

      De plomo argentífero era la mina de San Martín en Egiluzea (1853) y la de Eguicha (1871), y de galena las de San Eloy en la regata de Mugas

      (1858) y Echolaberri. Vena de hierro poseían las minas La Casualidad en terrenos de Chabola (1878), y Adela en Mugarluze (1880); y de “Tierra amarilla” era la situada junto al caserío Usateguieta (1849)[169].

      Hacia 1916 existían en Hernani cinco canteras de piedra caliza: Mariluz, Santa Bárbara, Epeleecheberri, Echa-erreaga y Bartolua-enea. La explotación de la cantera de Santa Bárbara viene de muy antiguo, como lo prueban las continuas referencias a ella en cada escritura sobre obras en la parroquia o en la casa concejil. También servía su piedra para hacer cal: el 4 de marzo de 1584 Juanes de Sarobe, poseedor de “una casa de calera” (un “karobi”), pide al licenciado Jon López de Aguirre y Allega permiso para atravesar con carro por sus tierras para recoger piedras calizas de la cantera de Santa Bárbara[170].

      En 1996 el Ayuntamiento de Hernani convoca un concurso de ideas para la recuperación del monte Santa Bárbara. De entre los 22 proyectos presentados, resultó ganador el del equipo “Omegharri”, que apuesta por el acondicionamiento de áreas de recreo, senderos botánicos, creación de jardines miradores y zonas de esparcimiento en este espacio privilegiado muy próxima al casco de la villa.

 

 

DESPERTAR INDUSTRIAL

 

      A diferencia de otras localidades, en Hernani la industrialización fue cuajando como un proceso evolutivo que arranca en la Edad Media y culmina a principios del siglo XX.

      Con apenas cuatro mil habitantes, en 1914 Hernani disponía ya de un importantísimo censo industrial que incluía factorías de muy diverso signo y producción: la fábrica de galletas Royalta, la fundición de hierro de D. Daniel Pegasse, la fábrica de cal hidráulica de Figueredo y Cía., los ladrillos refractarios de Marqueze, la sociedad de envases de Sansinenea, Villac-Bat de pasta de papel, la fábrica de almidón Remy, la harinera Loinaz, Ubarrechena y Cía. (que trabajaba por medio de cilindros con una producción de hasta 60.000 kilos de harina al día), amen de una serrería mecánica, las fábricas de curtidos de Fernando Montes y Ricardo Toledo y la papelera de Gregorio Mendía[171].

      Dos años más tarde, Hernani era un denso polo productivo gracias a sus cuatro serrerías y dos carpinterías mecánicas, un horno de cal industrial, una plata productora de ceras, una curtiduría, una fundición, una productora química, tres harineras, así como fábricas de almidón, cemento, galletas, gaseosas, vinagre, géneros de punto, poleas y envases, dos de ladrillos, dos de “mármoles comprimidos”, dos de papel y otras dos de tejidos y sedas. Súmese a ello los 12 lagares donde se elaboraba sidra, tres molinos harineros y diez aprovechamientos energéticos situados en el Urumea para generar electricidad, y otros tres en los afluentes Usoko, Epela y Portuko.

      A la par de este fenomenal crecimiento, Hernani se fue dotando de servicios y en ese mismo 1915 tenía ya quince establecimientos para el hospedaje de los visitantes. Y es que Hernani, además de localidad puntera en lo industrioso, disfrutaba de un medio natural privilegiado tal como afirmaba el cronista[172]:

 

      “desde hace unos años, en los alrededores se van construyendo bonitas casas de campo con alegres jardines y en ellas pasan la temporada de verano muchas familias que llegan a nuestras montañas en busca de aires incontaminados y de ambiente de paz”.

 

      Con la gran crisis de los años setenta, Hernani perdió parte de su tejido productivo y comienza a conocer los problemas derivados de una alta tasa de paro, que será aún mayor a raíz de la reconversión en 1983 de la antigua Orbegozo, sostén económico de muchas familias hernaniarras directa e indirectamente. Diez años después, el cierre de la factoría Acenor fue la consumación de una muerte largamente anunciada. Paralelamente terminan su actividad la Papelera del Norte, Papelera Biyak-Bat, la Curtiduría de Roig, la fábrica de tejidos de Santiago Carrero, y poco antes se había quemado la harinera de Loinaz, Ubarrechena y Cía., y cerrado la fabrica de almidón, patrimonio sentimental además de económico de la villa.

      Lo peor ya ha pasado, y poco a poco los solares antaño ocupados por aquellas grandes empresas están acogiendo nuevas industrias, pequeñas y dinámicas, a la par que firmas arraigadas en nuestro municipio como Orona, Ubis o Papelera de Zikuñaga siguen apostando por la renovación y ampliación de sus plantillas. Principal elemento dinamizador de nuestra economía productiva es la creación de polígonos industriales, como los de Landare y Florida, Epele, Eziago, Lastaola, Ibarluize-Lizarraga, Zikuñaga, Martindegi y Orbegozo, fruto del esfuerzo acompasado entre el Ayuntamiento y las instituciones vascas.

      El proyecto de instalar en la zona de Galarreta, en una superficie de 20.000 m²., un gran centro comercial que generaría casi medio millar de puestos de trabajo, es otra razón para el optimismo, si bien hay que considerar, como de hecho se está haciendo, las medidas pertinentes para atenuar el impacto que ello supondría sobre el pequeño comercio hernaniarra. Son datos, en cualquier caso, que invitan a la esperanza y suponen un rayo de luz en la larga noche desindustrializadora que nos ha tocando vivir.

 

 

 

 

[144] DIEZ DE SALAZAR FERNÁNDEZ, Luis Miguel. Ferrerías Guipuzcoanos. Aspectos socio-económicos, laborales y fiscales (siglos XIV-XVI). Fundación Kutxa, Grupo Doctor Camino. Donostia, 1997. 999 pp.

[145] TELLECHEA IDIGORAS, J. Ignacio. Ferrerías guipuzcoanas a fines del siglo XV. Boletín de Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Año XXXI, cuaderno 1 y 2. San Sebastián, 1975, p. 102.

[146] Ibídem, p. 81.

[147] DIEZ DE SALAZAR FERNÁNDEZ, L.M., AYERBE IRIBAR, M.R. Op.cit. Tomo III, p. 152.

[148] Ibídem. Tomo III, p. 528.

[149] AGUIRRE SORONDO, Antxon. Tratado de molinología (Los molinos de Guipúzcoa). Fundación Barandiaran, Eusko Ikaskuntza. San Sebastián. 1988, pp. 558 ss.

[150] A.M.H. C.5/III/1/4.

[151] TELLECHEA IDIGORAS, J. Ignacio. Ferrerías guipuzcoanas a fines del siglo XV. Op.cit., p. 81.

[152] TELLECHEA IDIGORAS, J. Ignacio. D. Francisco Antonio de Oquendo y la Fábrica de anclas de Hernani. Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián Dr. Camino, n° 9. San Sebastián, 1975, p. 72, y n° 10, 1976. p. 97.

[153] TELLECHEA IDIGORAS, J. Ignacio. Ferrerías guipuzcoanos a fines del siglo XV. Op.cir.. p. 8].

[154] A.M.H. E/7/M/1/14,

[155] A.M.H. A/9/I/1/3.

[156] A.P.O. Secc. III. Leg. 936, fol. 43.

[157] TELLECHEA IDIGORAS, J. Ignacio. Ferrerías guipuzcoanas a fines del siglo XV. Op.cit., p. 81.

[158] A.M.H. C/5/I/1/4.

[159] TELLECHEA IDIGORAS, J. Ignacio. Ferrerías guipuzcoanas a fines del siglo XV. Op.ciL, p. 81.

[160] A.P.O. Secc. III. Leg. 1.321. fol. 70.

[161] A.P.O. Secc. III. Leg. 1.355, fol. 300.

[162] A.M.H. C/5/III/1/2.

[163] TELLECHEA IDIGORAS, J. Ignacio. Ferrerías guipuzcoanas a fines del siglo XV. Op.cit., p. 81.

[164] A.M.H. C/5/III/I/3.

[165] A.M.H. C/5/III/1/1.

[166] TELLECHEA IDIGORAS, J. Ignacio. D. Francisco Antonio de Oquendo y la Fábrica de anclas de Hernani. Op.cit.

[167] MUTILO A POZA, José Mª. Guipúzcoa en el siglo XIX. Caja de Ahorros Provincial de Guipúzcoa. San Sebastián, 1982, p. 637.

[168] BERASATEGUI, Antonio. Decadencia y desaparición de la ferrería de Fagollaga en Hernani a mediados del siglo XIX a través de los documentos referentes a su arrendamiento, pp. 10 y 21, Trabajo inédito en A.M.H.

[169] A.M.H. A78/1171/4.

[170] A.P.O. Secc. III. Leg. 967, fol. 240.

[171] Album Gráfico-descriptivo del País Vascongado. 1914-1915, pp. 69-70.

[172] MUGICA, Serapio. Op.cit., p.763.