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Hernani y los hernaniarras
Antxon Agirre Sorondo, 1997

 

...IN CORPORE SANO

 

      Prácticamente hasta el siglo XVIII, la muerte se consideraba un fenómeno relacionado casi exclusivamente con la Voluntad Divina, lo que constituía una sabia adaptación al medio, dados los limitados conocimientos y los depauperados medios de la ciencia médica.

      Hasta que surgió la figura del médico municipal, que supuso un gran salto adelante en la salud pública, el número de galenos era pequeño y su servicio sólo estaba al alcance de las clases pudientes. El primer dato sobre la existencia de un médico “oficial” en Hernani aparece en mayo de 1553, fecha en que el doctor Galapanzo, residente en San Sebastián, se compromete a cubrir una vez por semana las necesidades sanitarias de la población hernaniarra. En caso de emergencia, y previa comprobación por alguno de los concejales, el médico estaba obligado a desplazarse sin esperar al día de consulta. Cada enfermo le daba 2 reales por visita y el concejo 20 duc. de salario anual, la mitad en la festividad de San Miguel y la otra mitad al año de la firma del contrato[119].

      Décadas después, en 1631, el doctor Pedro Castro recibe un estipendio de 500 reales al año por desplazarse cada quincena a la villa. Además, por cada visita a domicilio el enfermo le pagaría 4 reales, 6 si le obligan a ir hasta Lasarte y zonas limítrofes, y 8 reales a los residentes en el “valle del Hurumea”[120].

      Al llegar a 1672 encontramos ya al primer médico residente en Hernani: es el doctor Tristán Navarro, asalariado por el Ayuntamiento con un sueldo de 120 duc. al año, amén de las minutas por cada desplazamiento que ascendían a un real de plata para los pacientes del casco y arrabales próximos, el doble si el domicilio estaba a media legua (unos 2,7 kilómetros), y 4 reales por cada visita a Lasarte y más allá de Fagollaga[121].

      Anecdótico es el caso del facultativo Agustín Zabala, que a su vuelta de una visita profesional a Usúrbil un día de 1695 se encontró que su esposa Catalina de Sasoeta y su cuñado Joseph Antonio de Sasoeta, beneficiado de la parroquia, habían abandonado el hogar llevándose consigo muebles, alhajas y hasta las ropas de cama y sus camisas. El infortunado doctor denunció al clérigo ante el obispado de Pamplona por inducir a su mujer a abandonar el hogar conyugal. Catalina por su parte pide la separación matrimonial, acusando a Agustín de tratarla “asperísimamente de palabra y de obra y que la había descalabrado hasta sacarle los dientes”, además de cometer adulterio con sus criadas. Al final todo vuelve a su cauce (ignoramos por cuánto tiempo) y las partes consienten en una reconciliación[122].

      En 1916 atendían al vecindario de Hernani tres médicos (uno en Lasarte) y disponía de dos farmacias. En la misma fecha, Gipuzkoa contaba con 196 médicos y 59 farmacias.

 

 

EL CIRUJANO

 

      La salud estaba en manos de los médicos, que se auxiliaban del “barbero-cirujano-dentista-sangrador”, popularmente conocidos como cirujanos. El cirujano se encargaba de hacer pequeñas intervenciones o curas, de sacar las muelas y, por prescripción del “médico titular asalariado”, de aplicar al paciente sanguijuelas para hacer las recurridísimas sangrías. En este oficio se iniciaban los mozos pasando un período de entre tres y cinco años como aprendices con un “barbero-cirujano-dentista-sangrador”.

      Ya en el siglo XVI tenía Hernani su propio cirujano asalariado. Así se desprende del acuerdo del 9 de noviembre de 1549, contenido en el libro de actas municipal[123]:

 

      “...platicaron como esta villa avia falta de un barbero y que hera menester que en alguna parte de esta provincia se buscare. Todos los quales fueron de conformidad que el Regimiento tubiese especial cuydado y procurase de traer oficial barbero dándole algún justo partido”.

 

      Joan Martín de Sasoeta firma su ingreso como cirujano de Hernani el día de Todos los Santos de 1595. Cinco años después, le vemos ocupando el cargo de regidor de la villa[124]. El mismo apellido comparte el cirujano de 1624, Sebastián de Sassoeta, quien toma como aprendiz a Martín de Sassoeta (con toda probabilidad un sobrino o pariente próximo) para que en el plazo de tres años pueda aprender el oficio de sangrar y afeitar. A cambio, el maestro recibe 6 ducados y una carga de trigo, y se le prometen otros 6 ducados al expirar el contrato. Pero si el morroi abandona antes de cumplirse el plazo, el maestro cirujano tomará otro oficial para que le sustituya cuyo sueldo pagará el padre de Martín[125].

      El mismo Sebastián adquiere en 1636 a don José de Percaiztegui, clérigo y beneficiado de la iglesia, la casa llamada Ay cama con su correspondiente tumba en la parroquia[126].

      Un contrato de 1739 con el cirujano Antonio de Bengoechea establece la obligatoriedad de atender a los vecinos tanto de día como de noche, de forma que si por cualquier razón tuviese que ausentarse del pueblo nombraría un sustituto[127]. Queda así claramente señalado el peso de este oficio en la sociedad tradicional.

      Ayer tanto o más que hoy, existía una prístina escala de jerarquías entre los oficios entreverada con supuestas hidalguías que por estos pagos casi todo el mundo reivindicaba para sí. Esto se evidencia en lo acaecido a la pobre María Manuela de Huici, natural de Urnieta y residente en Hernani, a quien el “mancebo cirujano” Joseph de Arizcun dejó embarazada. En un principio el varón se comprometió por escrito a desposarla, pero a la hora de subir al altar se echó atrás argumentando que firmó engañado por el maestro de escuela cuando sólo tenía 15 años; dice además que es hidalgo notorio, mientras María Manuela es hija de carnicero, oficio vil donde los haya. En su réplica, la muchacha aclara que no eran 15 sino 19 los años que tenía Arizcun, a quien recuerda sus antecedentes arrieros, al contrario que los suyos provenientes de Goizueta donde todos los naturales gozan de hidalguía. La sentencia del año 1760, condenará finalmente al cirujano auxiliar a pasar por la vicaría del brazo de María Manuela[128].

      Francisco de Zaragüeta —apellido de largas y cultas resonancias en nuestra villa—, tenía en la tercera década del XVIII su taller de sangrador en la casa de Pepe Toledo de la calle Mayor, con Gregorio Sorbet como ayudante[129].

      Ya para 1876 Hernani tiene su propio practicante, oficio que hereda los conocimientos del antiguo sangrador-cirujano-barbero y que coexistirá todavía con el barbero-sacamuelas hasta que éste cuelgue las tenazas y se dedique sólo a las tijeras (eso sucede al entrar nuestro siglo).

 

 

EL BOTICARIO

 

      El pleno del Ayuntamiento del 17 de diciembre de 1638 discute el ultimátum lanzando por el boticario Juan de Lizardi, quien amenaza con volverse a trabajar a San Sebastián si no se le otorga un salario fijo. Como la villa no podía prescindir de la figura del boticario, los ediles acuerdan ofrecerle 30 ducados anuales[130].

      Un personaje que marcó época en el oficio fue Francisco de Herauso o Erauso, boticario titular de Hernani durante treinta años entre los siglos XVII y XVIII, y maestro de sus sucesores. Por ejemplo, en 1680 aceptó bajo su tutela al joven de 14 años Antonio de Ansa, a quien enseñaría el oficio durante cuatro años y medio, alimentándolo y vistiéndolo, con una contraprestación de 200 reales[131]. Todavía en 1702 el Ayuntamiento le pagaba 10 pesos al año por las medicinas que confeccionaba para el hospital[132].

      En este mismo capítulo cabe citar uno de los elementos antaño tradicionales para la curación de determinados males, como eran las sanguijuelas. También de su cría se ocupaba el Ayuntamiento, como nos informa esta curiosa carta que el médico del pueblo dirige al alcalde, de fecha 10 de agosto de 1851[133]:

 

      “Hallándose de algunos años a esta parte inundada dicha ría (el Urumea) de patos pertenecientes a familias que tienen contiguos a ellas sus cacerías y habiendo enseñado la experiencia que son causa de que se eche a perder la cría de sanguijuelas tan apreciadas por sus cualidades superiores a las que se crían en otros puntos, se recomienda también al señor Presidente procure evitar este mal impidiendo el que anden los patos en ella”.

 

 

EL SALUDADOR

 

      La enfermedad que designamos como rabia, conocida desde la antigüedad y descrita ya por Aristóteles, Celso, Galeno y otros, es una infección séptica que se manifiesta por desórdenes nerviosos, contracciones espasmódicas e hidrofobia, y se comunica por la saliva a otros animales y al hombre. Para combatir la rabia estaba el saludador, personaje muy estimado en las comunidades rurales y que empleaba un abanico de remedios conjugando el conocimiento empírico con la superstición[134].

      En 1635, Hernani contrata como saludador asalariado a Diego Pérez de Navarro, vecino de Alegia, quien permanecería en el cargo durante casi una década. Efectuaba dos visitas al año, una en marzo y otra en septiembre, por las que cobraba 1.700 maravedís[135].

      En 1647 le sustituye en el puesto de “saludador asalariado” Ignacio de Altube. Sobre su trabajo se dice en un acta del Ayuntamiento de fecha 23 de junio de 1647[136]:

 

      “...su merced el dicho alcalde dijo como sus mercedes debían saber: yo en ocho hice traer a Ignacio de Altube, saludador vecino de Gabiria por noticia que le dieron algunos vecinos de esta dicha villa, que en el ganado del Hurumea y en algunas casas había empezado el veneno de la rabia, para cuyo reparo acudieron el suso dicho e hizo visita en las casas de dicho Hurumea y en caserías de la jurisdicción de esta dicha villa y dentro della en que había, ocupando algunos días y de su trabajo le habían dado doscientos reales de plata y para adelante hicieron ajuste con el suso dicho, en que se había obligado a hacer una visita en cada un año y saludar generalmente en la dicha villa y su jurisdicción ocho días antes de San Joan de Junio, con que la dicha villa le dará diez ducados de vellón en cada un año y así les daba noticia dello, para que vean sus mercedes lo que se deba hacer. Y tratado y platicado sobre ello todos de conformidad dijeron que los doscientos reales de plata que se le dieron al dicho saludador se entiendan haberse dado del producto de los montes francos y en la repartición que se hiciese entre los vecinos de la dha. villa se descuenten en común y el asiento que su mrd. el dicho alcalde hizo para adelante se contiene de suso se lleve a debida execución...”.

 

      En el llamado siglo de las luces el oficio del saludador entrará en crisis, e incluso empezará a ser perseguido como se desprende del Real Despacho de 24 de diciembre de 1755[137]:

 

      “Que de aquí en adelante no se paguen de los efectos de la República (Ayuntamiento) maravedís algunos a ningún saludador por salario ni en otra forma so pena de que lo contrario haciendo se cargará a los capitulares como a los particulares”.

 

      No obstante las providencias que se dictaron contra ellos, Pablo Gorosabel afirmaba que aún en sus días, a mediados del siglo pasado, continuaban actuando en Gipuzkoa varios saludadores[138].

 

 

HOSPITALES

 

      La mayoría de los hospitales medievales e incluso los posteriores se reducían a una simple habitación dividida en tres secciones: una para hombres, otra para mujeres y la tercera para la hospitalera. Por lo general en la planta baja estaba la capilla, donde los internos podían cumplir con sus obligaciones religiosas. Los peregrinos, mendigos, soldados o comerciantes que enfermaban eran acogidos en el hospital o lazareto, que les aseguraba un plato de sopa con un mendrugo de pan al día y un colchón de hojas de maíz sobre el suelo para que reposaran. Allí permanecían hasta que Dios decidiera su suerte.

      Del primer hospital que tenemos noticia en Hernani sabemos que se llamaba Santa María Magdalena y que se encontraba al final de la calle Mayor, cerca del convento de San Agustín. Las dependencias ocupaban el piso alto y en la planta baja estaba la capilla, con pequeño coro de madera y un presbiterio elevado al que se accedía por unos escalones. La primera cita tiene fecha de 1529, cuando María López de Galarreta testamenta en su favor un ducado[139]. Se reedificó el año 1679[140].

      El hospital de la Magdalena estaba bajo la tutela del municipio, por lo que correspondía al Ayuntamiento la potestad de nombrar hospitalero u hospitalera. A semejanza de las seroras de las ermitas, el hospitalero recorría todas las tardes las calles al son de su esquilón, pidiendo una oración por los difuntos y una limosna para el hospital[141]. El 16 de octubre de 1685, Santiago de Allega solicita el puesto de hospitalero, a condición de que pueda ir a vivir allí con su mujer e hija, y como es costumbre la villa le asegure leña y algún sufragio para los gastos[142].

      Entendiendo que ya no podía cubrir las necesidades de la localidad, en 1866 el Ayuntamiento compra un terreno para un nuevo centro sanitario y, una vez edificado, procede a la venta del histórico hospital de Santa María Magdalena[143].

      El nuevo hospital acogía 40 asilados en 1916. Posteriormente se transformó en residencia de ancianos, función que aún mantiene.

 

 

 

 

[119] A.P.O. Secc. III. Lcg. 915, fot. 7.

[120] A.P.O. Secc. III. Leg. 1.071. fol. 30.

[121] A.P.O. Secc. III. Leg. 1.195, fol. 378.

[122] Archivo Diocesano de Pamplona (A.D.P.). Leg. 988/1 y 2.

[123] A.M.H. A71/1/3.

[124] A.M.H. A/1/3/1, fol. 59 v. ss.

[125] A.P.O. Secc. III. Leg. 1.065, fol. 80.

[126] A.P.O. Secc. III. Leg. 1.076, fol. 249.

[127] A.P.O. Secc. III. Leg. 1.335, fol. 141.

[128] A.D.P. Leg. 1.688/11.

[129] A.M.H. A/14/1/3.

[130] A.M.H. A/1/5, fol. 281 v.

[131] A.P.O. Secc. III. Leg. 1.234, fol. 7.

[132] A.M.H. A/1/8, fol. 128.

[133] A.M.H. A/1/15, fol. 144.

[134] AGUIRRE SORONDO, Antxon. Las saludadores. Cuadernos de Etnografía y Etnología de Navarra, n° 56. Pamplona, 1990, pp. 308-319.

[135] A.M.H. A/1/5, fols. 216, 494.

[136] A.M.H. A/1/5, fol. 449.

[137] A.M.H. A/6/1/3.

[138] GOROSABEL, Pablo. Noticias de las cosas memorables de Guipúzcoa. La Gran Enciclopedia Vasca. Bilbao, 1972. p. 299.

[139] A.P.O. Sccc. III. Leg. 910, fol. 61.

[140] A.P.O. Secc. III. Leg. 1.222, fol. 138.

[141] A.M.H. A/1/5, fol. 11.

[142] A.P.O. Secc. III. Leg. 1.228, fol. 377.

[143] A.P.O. Secc. III. Leg. s/n, fol. 557. Año 1868